Cine y gastronomía, la comida en el celuloide

Por: Manuel Lebón

Pudieran borrarse hasta el olvido nuestros recuerdos de muchas películas, pero nuestra memoria se resiste a olvidar aquella escena que ocurre casi al final de La Fiesta de Babette, en que los ojos, y por extensión, el resto del rostro de los comensales—que eran o querían ser inexpresivos, parcos, frugales, como los de buenos protestantes, pero que fracasan en el intento—se van iluminando poco a poco, en un crescendo fantástico hasta que, por más que lo intenten, la alegría simple del acto de saborear en compañía de conocidos un plato delicioso en una mesa bien servida, los invade, subvierte sus ánimos, los rebasa, se derrama como alumbrando todo lo que rodea al banquete. Esto es gastronomía en el cine en su esencia más pura y sofisticada.

La cinematografía tuvo que recorrer un largo trecho hasta llegar a una escena como la descrita arriba. Comenzar por ejemplo por la crudeza de aquella escena de un arcaico filme británico de fantasía titulado A Big Swallow (James Williamson, 1901) en la que un caballero enfurecido porque están filmando avanza hacia la cámara abriendo su boca hasta cubrir toda la pantalla y se traga al aparato y al operador, como en una metáfora del futuro consumo fílmico y el hecho culinario. O comenzar por la frugalidad del hambre absoluto, con el único aderezo del genial humor de Chaplin, quien muestra en aquella escena clásica de The Gold Rush (Charles Chaplin, 1925), a un hambriento personaje obsesionado por la comida (por el formidable hambre que lo inunda) que cocina y devora una bota con sus cordones remedando espagueti y hace bailar dos trozos de pan en una especie de obra teatral donde manifiesta su pobreza y la necesidad de una pareja.

Es por tanto obvio que la historia del séptimo arte está muy unida a la gastronomía y en algo más de un siglo de existencia, ha proporcionando al espectador miles de secuencias irrepetibles e inolvidables que le han enseñado a apreciar la buena mesa y conocer el historial culinario de otras culturas y épocas. Por eso insistiremos en este texto que, aunque no aparezca en los créditos de las películas ni al lado de luminarias, la gastronomía es y ha sido desde los primeros momentos de la historia del medio fílmico desde sus inicios (recordar la ya consabida referencia a los días finales de 1895, cuando los hermanos Lumière filmaron en su casa a un bebé comiendo).
Durante el siglo XX, la presentación de alimentos en la gran pantalla fue una metáfora gráfica de la pobreza, riqueza, codicia, lujuria, sexo, pérdida, muerte e incluso la contradicción de los seres humanos. Entre las manifestaciones típicas del cine mudo merece la pena recordar las celebres guerras de tortas de crema que causaban gran hilaridad entre la audiencia. Sin embargo, las películas en blanco y negro todavía no mostraban la fuerza gráfica que tiene la gastronomía debido a imágenes y escenas muy poco atractivas, ya que los directores de aquella época no prestaban demasiada atención a este apartado. Si en los años veinte aparecía a menudo retratada en el cine la carestía y el hambre—producto de la depresión de posguerra—, en la siguiente década el “festín” se convirtió en un tema recurrente, como en la conocida cinta The Private Life of Henry VIII (Alexander Korda, 1933) cuyos hedonistas banquetes muestran una idealizada y feliz Inglaterra renacentista.

Con la llegada del color en 1935, los alimentos y la comida empezaron a mostrar todo su esplendor en la pantalla grande y desde entonces la gastronomía aparece vinculada a todo tipo de historias que reproducen el humor, ironía o dramatismo de la existencia humana. El ritual del banquete familiar es un marcador cultural esencial y es ilustrado de muchas maneras en el cine, a veces dolorosamente como en Schindler´s List (Steven Spielberg, 1994) o Soul Food (George Tillman, 1997); otras veces como el único elemento de identidad cultural que unifica un clan de inmigrantes en suelo extranjero como en Goodfellas (Martin Scorsese, 1990); también sirve para el reencuentro de viejos amigos como en The Godfather (Francis Ford Coppola, 1972), cinta donde además Michael Corleone le dispara al capo que había atentado contra su padre en un deli, cayendo éste sobre un plato de stracotto a la piamontesa (asado de ternera). La comida colabora en el nacimiento de relaciones algo peligrosas en Prizzi´s Honor (John Huston, 1985) con Jack Nicholson y Kathleen Turner; y en filmes más divertidos ayuda a los enamorados en Blind Date (Blake Edwards, 1987). También enciende las pasiones en The Fisher King (Terry Gilliam, 1991 ) o en The Graduate (Mike Nichols, 1967).

Banquetes memorables de la historia del cine hay para escoger como el pantagruélico encuentro de La Grande Bouffe (Marco Ferreti, 1973) donde el hartazgo de la Europa rica es simbolizado en una encerrona nihilista para comer hasta la muerte. En circunstancias más amables Who Is Killing the Great Chefs of Europe? (1978), dirigida por Ted Kotcheff, es una comedia multinacional protagonizada por George Segal, Jacqueline Bisset y Robert Morley donde una serie de famosos cocineros son asesinados haciendo referencia a su plato más famoso (por ejemplo un experto en langostas es hervido vivo); una escena en clave surrealista relacionada con un gran banquete se halla en Viridiana (Luis Buñuel, 1961) una estupenda cena en la que varios pobres se satisfacen en torno a una mesa muy surtida. Buñuel incorpora además otras interesantes secuencias gastronómicas en películas como El Angel exterminador (1962) o el Discreto encanto de la Burguesía (1972).

La escritora Priscilla Parkhurst escribe en In Accounting for Taste: The Triumph of French Cuisine que las películas sobre gastronomía se han convertido en reserva indispensable de la despensa fílmica y constituyen otro signo de la preeminencia de las gastronomía en la cultura contemporánea. “El concepto de la globalización culinaria en el cine es un género relativamente nuevo y creo que esta categoría hace su aparición a mediados de los años ochenta con cintas como Who Is Killing the Great Chefs of Europe? (Ted Kotcheff, 1978), Tampopo (Juzo Itami, 1986), Babettes gæstebud (Gabriel Axel, 1987), The Cook, the Thief, His Wife & Her Lover (Peter Greenaway, 1989) o Chocolat (Lasse Hallström, 2000), filmes donde se plantea la idea que la comida vivifica y reanima los sentidos, permitiendo un espacio para nuevos descubrimientos”. Sin duda estas son algunas de las más notorias películas-iconos que introducen el hecho culinario como tema central del guión y son una afirmación vital en torno al hecho culinario. En las décadas previas, la comida había sido presentada en fastuosos banquetes servidos a los reyes y la nobleza como metáforas de la riqueza de unos cuantos privilegiados pero de ahora en adelante esta prerrogativa era sustituida por visiones de la comida como un placer al alcance de todos.

A través del consumo de alimentos también se abre una vía de entendimiento y se resuelven los conflictos como en las elaboradas cenas domingueras de la cinta taiwanesa Eat, Drink, Man, Woman (Ang Lee, 1994) que contó con la asesoría de tres chefs que trabajaron para obtener una variada y colorista muestra de cocina china, con un centenar de platos dispuestos en la película. El señor Chu, chef retirado del Gran Hotel de Taipei les comenta en una escena a sus tres hijas Ning, Chien y Jen que alimentos de todas partes convergen como ríos que fluyen hacia el mar y así todo tiene a la final un sabor similar. Esta expresión puede significar dos cosas simultáneamente: la frustración del cocinero sobre su oficio pero también transmite un mensaje sobre la manera que la comida puede unir a la gente. En la coproducción europea Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2001) posteriormente versionada en 2007 en Estados Unidos bajo el nombre de No Reservations (Scott Hicks) una cocinera introvertida cambia su vida tras un accidente y la comida es usada como una metáfora para juntar a diferentes familias y nacionalidades, representando el arte culinario una poderosa forma de comunicación, de relación y comprensión.


Gastronomía en un mundo de consumo

De acuerdo con Jeremy Iggers, escritor de la página web, Philosophy Now, “la comida como un tópico de investigación filosófica es un asunto de gran actualidad porque los alimentos y la gastronomía ocupan un rol en nuestra cultura que hace unas décadas atrás era ocupado por el sexo. La gastronomía ha sido erotizada y convertida en fuente de enorme ansiedad en las sociedades occidentales y esto se debe a un desplazamiento fundamental de cómo nos definimos a nosotros mismos. Hace una generación o dos, nuestra identidad individual se definía mayormente por los roles sociales y relaciones- de aquí el énfasis en el sexo- pero actualmente está más relacionada con lo que consumimos. Al igual que con el sexo y un lugar de resguardo, sin comida no podemos sobrevivir pero en tiempos actuales esto sobrepasa las meras necesidades físicas para servir de medio para interconectar a la gente, ayudando a resolver los conflictos dentro de las relaciones humanas y reanimando el cuerpo y alma de los individuos”.

Un caso emblemático de esta nueva actitud –aunque se muestra en un filme de época- se plasma con gran pasión y espiritualidad en la cinta danesa La Fiesta de Babette, donde como dijimos alprincipio, la actividad culinaria adquiere tintes de inspiración divina y sirve para vencer temores y prejuicios en esa pequeña aldea de pescadores del mar Báltico. La llegada de una atormentada refugiada francesa (Babette) procedente del turbulento París de 1871 transforma lentamente a los rígidos pobladores de fe luterana con la sapiencia de una alta cultura gastronómica, que se plasma finalmente en un espectacular banquete de agradecimiento para el que Babette no dudará en gastar todo el dinero que ha ganado con un billete de lotería premiado. El famoso menú de Babette incluye exquisiteces como la sopa de tortuga, blinis Demidoff, codornices en sarcófago, ensalada en endíbias, una tabla de quesos y frutas, acompañados de los mejores vinos y botellas de Veuve Clicquot. Los piadosos comensales superan el temor al pecado y consienten en la presencia divina en esta ofrenda culinaria tan terrenal en la que todo tiene cabida, mostrando de manera ejemplar esa transformación social que lleva de las clases privilegiadas hacia el ascenso de la meritocracia. El banquete creado por Babette y los vinos excepcionales que lo acompañan es pura haute cuisine disfrutada por nobles y campesinos por igual.

Los dulces son la pócima que transforma a los huraños habitantes de un pequeño pueblo francés, quienes, junto con las recetas, aprenderán una lección de vida en Chocolat (Lasse Hallström, 2000), largometraje que muestra a como una madre y su hija destilan tanta pasión, magia y amor haciendo chocolate que vencen todas las controversias morales y así todos en el pueblo reconocen la necesidad de llevar vidas más plenas. El llamado “alimento de los dioses” despierta los adormecidos sentidos y renueva las más nobles relaciones humanas. En Willy Wonka & the Chocolate Factory (Tim Burton, 2005) retorcida version de una cinta de 1971 de Mel Stuart, el chocolate es un bocado-símbolo que lleva a la glotonería y la competencia desleal.

Similar al elixir divino creado por los mayas, la actriz Penélope Cruz funge como seductora chef latina en Woman on Top (Mujeres arriba, 1999) de la directora venezolana Fina Torres, película que tiene notable influencia de la previa obra maestra, Como Agua para Chocolate (Alfonso Arau, 1992), filme que se desenvuelve entre la novela rosa y el libro de recetas de cocina: “a la mesa y a la cama/ Una sola vez se llama”. Las alusiones al amor y al arte culinario nos hacen ver que en efecto la película es un libro de cocina con unas deliciosas recetas y consejos del hogar. La comida constituye en este filme un lenguaje mágico, repleto de signos, señales y símbolos, además de ser un poderoso elemento de transgresión y es la herramienta que Tita, la protagonista, usa para establecer su poder como mujer y romper con las normas establecidas. Así mismo, la cinta británica The Mistress of Species (Paul Mayeda Berges, 2005) es una encantadora y sensual fábula donde la bella actriz hindú Aishwarya Rai seduce a Dylan McDermott con la antiquísima sapiencia de las especies del subcontinente indio.

Algo más pendientes de la estructura del mundo gastronómico, en The Age of Innocence (Martin Scorcese,1993) se recrea el ambiente de las familias aristocráticas neoyorquinas del siglo XIX sin pasar por alto la disposición escenográfica de los comedores, donde se pavonean los personajes entre vajillas y fina cristalería, y por supuesto, los platos a degustar. Para esta película Scorsese contrató los servicios de Rick Ellis, experto en atrezzo culinario, que incluso preparó un menú exclusivo para cada ocasión. Igual de cuidadosa con la ambientación es la divertida Ratatouille (Brad Bird, 2007), una delicia de animación, hecha por Pixar, donde la cocina no es un mero pretexto en el argumento o un telón de fondo caricaturesco o impreciso, sino la protagonista del film de cabo a rabo. Los asesoramientos de Thomas Keller, las visitas a la Tour d’Argent, a Taillevent o a Guy Savoy por parte de los guionistas y dibujantes se reflejan perfectamente en el contenido de los diálogos como en la representación de las prácticas culinarias. Las aventuras de la valiente rata Remy se desarrollan en el Paris de los años 70 en plena efervescencia de la nouvelle cuisine y detrás del homenaje que Hollywood hace a la grandeza de la cocina francesa y a la Ciudad Luz, pareciera que se esconde la idea de que su esplendor es ya un hecho del pasado.
Finalmente, el cine ha sido, en muchas ocasiones, el vehículo perfecto para introducir lo grotesco, lo excesivo, y a veces lo brutal, como en la mencionada Gran Comilona; también hemos conocido productos y platos de todo el mundo, incluso los más extraños e impensables, como comer ratas en What Ever Happened to Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962); reptiles en The Ballad of Cable Hogue (Sam Peckinpah, 1970); sesos de mono en Indiana Jones and the Temple of Doom (Steven Spielberg 1984); y hasta carne humana en películas plenas de canibalismo como La Guerre du Feu (Jean Jacques Annaud 1982), The Emerald Forest (John Boorman, 1985), The Silence of the Lambs (Jonathan Demme,1991), Delicatessen (Jean Pierre Jeunet y Marc Caro, 1991) y The Cook, the Thief, His Wife & Her Lover (Peter Greenaway, 1989). Esta última merece mención especial porqué toda la truculenta acción como de tragedia jacobea transcurre en Le Hollandais, exquisito restaurante de alta cocina francesa, donde a los elaboradísimos platos de autor propuestos por el chef, artista y creador, se contraponen a la ignorancia del glotón ladrón (estableciendo además un cierto paralelismo con los clientes que tienen más dinero que buen gusto). Todo esto en un entorno con el diseño ostentoso de Jean-Paul Gaultier y la sombría y pulsante música de Michael Nyman, que atrapará al espectador hasta mucho después de que finalice la película.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. no puedo creer que tamaño reportaje personal acerca de este tema muy especifico pero muy entretenido no tenga un comentario. Te agradezco por darte el tiempo de expresar todo esto con tus letras me ha servido mucho porque tengo la idea de hacer un recetario tanto de cine para un dia como de un buen plato o merienda para abordarlo.

    Buenisimo

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