Emilia Azcárate, Infinitas migraciones

Por: María Ángeles Octavio

Árboles otoñales en una tarde en Segovia, el recuerdo de una niña entrando en las cuevas del Guácharo, la vista aérea de un Madrid que baila la noche, las cabezas de un público que ovaciona a un banderillero en una plaza de toros, un alfiletero que sostiene angustias e inseguridades, la trama dramática de una tela, un chip de computadora, un espermatozoide tratando de fecundar un óvulo, un espermatozoide huyendo de un óvulo que desea ser fecundado, la lucha interna por comprender la dinámica del Caribe, cadenas de ADN, lo que el ojo capta a través de un microscopio, un fenómeno atmosférico, un rayo, un trueno o un microorganismo, éstas son algunas de las imágenes que esconde la reciente obra de Emilia Azcárate, presentada en la sala “b” del G1 del Periférico Caracas.

A lo lejos percibimos pinceladas de colores, a lo lejos disfrutamos de un juego plástico que nos habla de una búsqueda sin itinerario dentro del dibujo y la pintura. No tiene fechas, ni rumbo fijo. Navega por el lienzo o el papel con precisión para alcanzar alguna orilla en la que recostar su trazo. Se repite, dejando cicatrices y huellas que la hacen más perfecta. Migra, va de un punto al otro sin respetar las fronteras. Posee un andar orgánico, natural, que al culminar su vida dentro de una de las cuadrículas, pasa a la siguiente con una naturalidad siniestra. Su única limitación, impuesta por la artista, es la cuadrícula, de uno o medio centímetro, para dejar que dentro de la misma vivan los semicírculos. En esta serie comencé a trabajar las migraciones. Soy hija de inmigrantes y he migrado por todas partes del mundo. Me sentí atraída por esta figura. Empecé a trabajar con ocho colores distintos. En cada cuadrícula están los ocho colores. Tardé un mes haciendo la primera de todas las obras.

Un poco más de cerca vemos que es una operación infinita, el límite lo pone el instinto, el ojo, el estado de ánimo. Hay vacíos sin rellenar y crean un efecto nuevo, otros rellenos minuciosamente y producen otra sensación. Son infinitas las posibilidades de las migraciones. La transformación de la línea y su entorno es inagotable. Sólo la voluntad de un delgado trazo la domina. Un trazo realizado con un lápiz 6H para la cuadrícula y un pincel 7 de la serie Windsor & Newton 3000 para la pintura.

El infinito, es una numerología de la filosofía hindú que tiene que ver con mis creencias y mis estudios que tienen que ver con el 108, el 54 o con los números que contienen o son múltiplos del 8. Los formatos los escojo basándome en el número 8. Soy fanática del número 8. He pasado largo tiempo en esto del hinduismo y a pesar de que cada vez me siento más independiente de la parte religiosa, me he quedado con la parte intelectual de esta cultura. Me parece que todo en la vida tiene una razón de ser, la vida, la muerte, los estados del ser, la metafísica, no existe el azar y a pesar de esta afirmación me encanta el azar. Su método de trabajar tiene que ver con los materiales que escoge, las medidas que emplea. Todo tiene que cuadrar. Una vez que todo ha calzado se deja llevar, pero sólo una vez que los lineamientos están claros.

En la muestra hay una pieza de colores otoñales que Azcárate dice haber gestado en un viaje que hizo con su hijo al campo en Segovia. Era otoño y las hojas tenían un color amarillo muy particular por lo que se llevó una muestra. El cielo era un mar de cerúleos y violetas. Quiso reproducir este paisaje bucólico en esta pieza. En otras, vemos el semicírculo en la misma dirección, todos mirando hacia un mismo sentido. Luego en la siguiente algunos se dan la espalda. Todo es muy matemático y a la vez azaroso. Este juego de direcciones hace que algunos colores destaquen más que otros, dan movimiento a la obra creando pliegues y arrugas.

Su arte es una forma de medicación para las preguntas existenciales a las que se somete. Es una forma de poner en palabras plásticas lo que siente, por eso trabaja como una obsesa, para mantenerse sana: Tengo una vida prestada. No debería estar aquí hablando contigo. Esto es un milagro. Vivía atormentada. El arte es para mi una medicación. Es una medicina que me permite meditar. Medito cuando estoy haciendo mi obra. Emilia en su plástica crea una forma lingüística, un acto de comunicación que abraza su pulsión interna y su experiencia con el mundo exterior. Confiesa una inclinación por las matemáticas y su forma de organizar el mundo y los elementos.

Toda su obra descansa sobre un pensamiento que la sustenta. Tiene un proceso para todo lo que hace. Todo lleva un trabajo pensado. No trabaja porque algo le parezca bonito, ni lo deja de hacer por la misma razón. Ha sido muy radical con muchas cosas y la belleza es algo que le puede producir mucho asco. Es un rechazo implacable hacia la riqueza, hacia la belleza, hacia todo lo que supuestamente es correcto. Durante toda su adolescencia tuvo conflictos con estos temas. Hoy en día todavía sigo siendo adolescente. Debo luchar con mis monstruos que me llevan a ser como soy. Desde pequeña he sufrido unos conflictos que para algunos son absurdos. Por ejemplo me molestaba que me dijeran que era bella.

Comenzó realizando esta obra sobre lienzo, pero lo sintió indiferente a su dibujo y probó con el papel. Con este soporte se produjo un placer visual, ya que el papel se chupaba la pintura. “Hacía ¡wuuup! Como cuando estás haciendo mayonesa. Eso es maravilloso verlo”. Con el lienzo todo quedaba en la superficie. Probó con tela cruda, pero no le gustó el resultado, dice que era demasiado fuerte. Estaba la cuadrícula, más la trama de la tela y entonces los círculos quedaban cuadriculados. Cualquier círculo que se haga, por más imperfecto que sea, siempre es perfecto. “Hay días en que estás perfeccionista y días en que tienes menos capacidad con el pulso, con el ánimo. No puedo dejar de trabajar porque no me sentí inspirada. Trabajo como una obrera de nueve a cinco. Me encanta el tema de tener esa disciplina. No pudiera vivir sin ese orden”.
Los círculos tienen una medida específica y ninguno se sale de esa medida y ésta se repite en todos los círculos. Nunca se ve igual, pues lo que está migrando hacia el próximo bastidor no es igual, pues hay un movimiento, que hace que siempre cambie, pero es exactamente lo mismo, los mismos colores, los mismos círculos. El azar aparece en el preciso momento de la ejecución, como con la música tienes tu orquesta, tus notas, todo pautado, pero cómo va a salir eso en ese preciso momento es cuestión de azar.

De cerca apreciamos el efecto que logra en sus obras, producto del desgaste del color. Cada vez que carga su pincel lo usa hasta que éste le pide más color, pues tiene sed y no alcanza a pintar nada más. Eso puede parecer el azar en su obra. Sin embargo, ella afirma que no, que el desgaste de la pintura no es azaroso, es intencional. Hasta los chorreados son intencionales. La libertad de su arte no está en este detalle.

Su trabajo recuerda a dos profesiones. Si pensamos en una mujer, sería una bordadora, si pensamos en un hombre hablaríamos de un relojero. Ambos parecen tener todo el tiempo del mundo. “Eso es lo que me imagino todo el tiempo y medito, pues no quiero pensar en que debo terminar, sólo deseo trabajar porque quiero trabajar en eso que estoy realizando. Este es un proceso que requiere de una paciencia en particular”. “Este es un trabajo de bordadora, la cuadrícula, la separación, la precisión del trazo. Yo he trabajado con el círculo desde hace más de quince o diecisiete años. Aquí el círculo se parte para convertirse en dos mitades que van en direcciones opuestas todo el tiempo. Porque en la cuadrícula que separa uno de otro, los dos semicírculos van en direcciones opuestas y en la próxima cuadrícula los dos semicírculos van en direcciones opuestas a la anterior y en si misma. Estos se complementan”.

Emilia trabaja por series que duran tres y cuatro años. Depende de la intensidad y el lugar donde esté desarrollando el proyecto. Le lleva tiempo digerir, desprenderse. Cuando comienza a trabajar en algo que para ella es muy fuerte, se emociona mucho y se le empiezan a ocurrir distintas maneras de plantearlo. Eso tiene que ver con la forma de resolver los problemas personales. Resuelve cosas mentalmente que son imposibles de poner en palabras y las va solucionando con su obra. Va sintiendo cómo evoluciona un sentimiento, un pensamiento. “Me ordeno de una forma matemática, sistemática, disciplinada, que me resuelve en general mi día a día”.

Cuenta que tiene amigos que pasan mucho tiempo sin ejecutar obra, investigando, leyendo, viajando, viviendo, sintiendo. Nadie dice que debe ser de una forma o de otra. Sólo que para ella ocio, es trabajar. Reconoce que es una obsesión, como la de la señora que debe ponerse a bordar. “Soy capaz de cualquier cosa. Cualquier cosa. Acepto cualquier transformación, sé que uno no cambia, pero sé que en un momento de la vida haces un break y deshaces todo y luego vuelves”. La vida es un renacer cada vez que abrimos los ojos, un reinventarse cada vez que nos movemos, un ser cada vez que respiramos. La vida es un infinito de posibilidades sólo hay que abrirse para aprovecharlas. Migras de un ser que eras a otro que eres y dejarás de ser cuando te muevas a otro espacio.

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