Desde Orlando a Los Angeles, haciendo… Un zoom en el desierto

Orlando (Florida) – Destin (Florida) – Baton Rouge (Louisiana)
Austin (Texas) – Roswell (Nuevo México) – Tucson (Arizona)
San Diego (California) – Los Ángeles (California)

Vista del desierto (foto: Gustavo Padrón)

Autores: Claudia Veitía y Constanza Mendoza

La ciudad de Los Ángeles es un hervidero de sueños, ideas y proyectos cinematográficos. La recordamos en sueños aunque no la hayamos visitado por los recuerdos que tenemos guardado de las vistas que nos han mostrado cientos de películas. Ejerce una fascinación legendaria en productores, guionistas, actores, directores y, en general, en todo tipo de gente relacionada con el cine. Gustavo no fue la excepción a esta regla y, apenas se graduó de Bachelor in Film, en Full Sail University, Orlando, decidió viajar por tierra manejando su Accord hasta L.A. El camino, que parece no tener fin, pasa por pantanos, por pueblos pequeños y ciudades, por zonas llenas de uniformados de “la migra” a la caza de ilegales, por la orilla del mar; en gran parte pasa por zonas áridas de espejismos de carretera, de matorrales y espinas. Impresionante trecho de pocas aguas que pasa de zonas rojas y rocosas a alucinantes “arenas blancas” de Arizona. Un camino largo y de extremos, una invitación, también, a la introspección.

Salió de Orlando calculando que si viajaba unas ocho horas diarias podría llegar a Los Angeles en cinco días, el destino final luego de recorrer unos 4.100 kilómetros. Allá le esperaba una nueva vida y una fiesta organizada por sus compañeros de universidad que habían partido antes que él a LA. Intenso, es el adjetivo que usa Gustavo para describir el viaje. Partió junto a Adam, un carro detrás del otro, pero sólo hasta Austin, Texas. De ahí en adelante, realizó en solitario el resto del recorrido, acompañado de 32 Gb de música, un playlist controlado por la batería y guitarra eléctrica, energético, para mantenerse despierto [ver recuadro], y que haría las veces de copiloto espiritual. Viajaría cargado con sus maletas y su guitarra, pero también con unos cuantos kilos y bultos de gadgets electrónicos; como un pionero de los nuevos tiempos, dispuesto a atravesar, primero, miles de kilómetros de los diversos paisajes pantanosos y húmedos que se extienden entre Florida y Louisiana. Luego, a partir de Austin y hasta California, un continuo de paisajes secos y desérticos (a medida que viajas, te acostumbras poco a poco a la resequedad, no solo al calor), rocosos muchos, otros cubiertos de arena muy blanca —aunque no tan caliente—, con escasa vegetación, muy pocos animales a la vista, y poca población.

    Playlist de un roadtrip
    The Doors: Roadhouse blues / People are strange. Las más emblemáticas del camino…
    Booka shade: In white rooms. Cuando necesitas concentración.
    Los 5 Wire Bandits: Coma / 13 La nostalgia en Orlando
    Mad Caddies: Villains Emblemática también.
    Block Party: Banquet. Por si había necesidad de despertarse.

The Doors,
Morrison Hotel (1970)
Roadhouse Blues

Ah Keep Your Eyes On The Road,
Your Hands Upon The Wheel.
Keep Your Eyes On The Road
Your Hands Upon The Wheel.
Yeah, We’re Going To The Roadhouse,
Gonna Have A Real Good-Time.

Austin—El desierto—Ruidoso
En Austin, Gustavo y Adam pernoctaron en casa de un amigo. Era la última ciudad con vegetación verde. Robles altos y medianos a lo largo de los ríos de la ciudad, así como definiendo sus límites. Pasó dos noches enteras antes de irse y encontrarse de cara con el desierto, su gente y su periferia. Se perciben muchos contrastes a lo largo de esta ruta. La flora y la fauna sufren un cambio cromático, un cambio de formas, un cambio radical. Los robles y otros árboles de hoja caduca desaparecen para darle paso a matorrales, cactus, yucas; los animales domésticos son sustituidos por los correcaminos norteños y los zorros. A lo lejos, se erizan azules las montañas que luego, cuando las alcanzas, cambian a distintos matices del marrón. Pero también hay cambios en la gente: Los habitantes de esos pueblos pequeñitos (muchos de ellos mexicanos), son muy reservados. Por lo general te dan la sensación de no querer que te quedes con ellos. Y es como si sintieran que te quieres ir, que vas a pasar de largo y te vas a marchar. No les gusta si te detienes y sacas la cámara. Este rechazo a las fotos es más claro en los miembros de etnias nativas. Uno de ellos me dijo que el ser humano tiene múltiples capas y que ni las fotos ni los videos tienen la capacidad de registrar todas esas capas. Que sólo registran lo que se ve en la superficie; por tanto una foto no será capaz de expresar exactamente lo que ellos son.

Los caminos y autopistas que atraviesan el desierto son en algo semejantes a esa gente. Transmiten también la idea de lo que transita para no volver. Son rutas por cuya superficie circulan carros que se van y no vienen. Quienes las recorren pasan de largo acompañados del silencio. Rutas pasajeras que caminaron y cabalgaron nativos y “hombres blancos” aún antes de ser construidas

El trayecto más largo que tuve que recorrer (600 kms) fue el tramo entre Austin y Ruidoso (Nuevo México); no había planeado caer en este pueblo, pero había hecho un desvío de dos horas por la curiosidad de ver Roswell, pueblo famoso por las historias de ovnis con tripulantes alienígenas. Pero como ocurre con frecuencia, los sueños mejor quedan como sueños; el sitio fue decepcionante, carecía de todo encanto.

Aparece Ruidoso, una cápsula congelada en el tiempo, habitada por 9.000 personas y escondida al pie de las montañas de Sierra Blanca y Sacramento. En sus calles se consigue una mezcla de personajes místicos y nativos que poco, parecía, les interesaba algo más allá de 10 kms de los límites del pueblo: Podías encontrar pipas de la paz, presagios indígenas, piedras que podían tener algún significado, tamborcitos, maracas. En una esquina, casi desapercibidas, unas cabañas que parecían como si quisieran permanecer ocultas, le dieron la bienvenida. Allí conocería a los dueños del alojamiento, que eran miembros de una comunidad indígena de la etnia Apache Mescalero.

White Sands, Tucson
Al día siguiente salió de Ruidoso por la 70. Comenzaba a emerger en el horizonte una línea blanca y larga de la superficie castaña. Ese peculiar perfil le anunciaba a los viajeros que se acercaban al hermoso y desolado White Sands National Monument, un área de cerca de 700 kilómetros cuadrados, que fue declarada así en 1934. Aquí conviven aún varias comunidades de Apache Mescalero con otras de origen hispano que llegaron en 1860.

En este lugar, las dunas de arena blanca formada por cristales de sulfato de calcio (yeso), pueden alcanzar los 15 metros de altura. Como este material no convierte la luz del sol en rayos infrarrojos, se puede caminar con los pies descalzos sobre esta arena sin quemarse. Y sin embargo, cuenta Gustavo, sientes cómo la garganta se te reseca con cada paso que das. Es la manera personal de este desierto de interactuar contigo. Lo ves, lo sientes, lo tocas pero no terminas de sentirte invitado. El polvo, y con él, el aire caliente y seco, se te meten por todos lados y no te dejan ni pensar. Por los ojos, la nariz, se te queda entre el pelo y las pestañas, se te mete por debajo de los pantalones y en los oídos; te da una primera advertencia de “vuelve al carro ya mismo”. Ocasionalmente, los visitantes logran ser testigos de la formación de pequeños tornados de arena. Si estas ahí parado en medio del desierto, te llegas a sentir en comunión plena con ese paisaje, con la naturaleza. Pero, paradójicamente, no sientes que te invite. No es una comunión hospitalaria. La aspereza de la arena, las espinas de los cactus y otras plantas adaptadas a la vida en este ambiente de flora xerofítica, pareciera que te rechazaran o, al menos, que no tienen interés alguno en invitarte. Es un ambiente que—no lo puedes evitar—sientes por todos lados que es hostil. Ayuda a la percepción de esta hostilidad áspera, la ausencia de lugares con sombra, la presencia inevitable del sol y el terrible calor que éste produce en el desierto. Así funciona el desierto: se hace querer con una política engañosa.

Súmale a esto que si viajas solo manejando un carro, llegas a pensar que has desarrollado una peligrosa dependencia de una máquina que en cualquier momento se puede descomponer y puedes quedarte parado ahí, en medio de la nada. Te asusta. Te sientes desamparado. El calor era insoportable y la resequedad en la garganta era gigantesca. Pensé que si el carro se quedaba accidentado y no tenía agua, la iba a pasar muy mal. Había tanto calor que es fácil pensar que uno se puede deshidratar en veinte minutos.

Lo curioso del paisaje en el desierto es lo estático y ordenado que todo parece estar. Las montañas descansan sobre sus bases, las rocas y piedras sobre la tierra, las plantas emergen desde las grietas e intersticios del suelo. En medio de esa aparente calma y orden rígido, sólo las nubes parecen moverse libremente, decorando el cielo. O, quizás no: En eso vi que algo salió corriendo de un lado al otro por la calle. Era un correcaminos que había hecho acto de presencia para romper ese paradigma de que todo-está-dónde-debería-estar. Las apariencias engañan. Ocurre lo mismo con lo que escuchas. Si pensamos que en una ciudad no se puede apreciar, ni siquiera percibir, el sonido de la brisa, es difícil no sorprendernos del silencio del desierto, donde sólo la brisa produce algún tipo de ruido. Por donde uno mire hay silencio. Un silencio seco y áspero que produce soledad, sin importar cuán alto grites, o a cuánto volumen escuches Villains de Mad Caddies.

Final
Al salir de White Sands, Gustavo llegó a Tucson, Arizona, una ciudad con una población de 981.000 habitantes. A una hora de ésta se halla Picacho, un “intento de meseta”, una de cuyas puntas está inclinada y más elevada. Durante la Guerra Civil se llevó a cabo al pie de este pico La Batalla del Paso de Picacho, en abril de 1862 y una estatua conmemorativa se erigió en el lugar. Una luz naranja abraza el pico desde su punta hasta su base cuando el sol se oculta. Se ve desde el hotel, a veinte minutos de allí.

Al viajar hacia San Diego, hay una lenta salida del ambiente seco y yermo. Poco antes de llegar, la temperatura se hace más fresca, el clima más húmedo y de nuevo vegetación verde y frondosa. Y un cielo muy azul. Al día siguiente, dos horas más tarde de salir de San Diego, Gustavo llegó a Los Angeles a tamizar, —como se acostumbra en el lugar, con fiebre—, ideas y proyectos en la búsqueda del oro en bits y bytes. Y del camino: no importó mucho lo largo del cruce de extremo a extremo, ni en cuánto tiempo lo hizo; fueron más bien la impresionante soledad, la infinitud, la aridez, el aislamiento con la que se encontró en el desierto, lo que se quedó con él. Además de una obligante introspección que tal vez tenía como fin descubrir algo nuevo de sí mismo.


Pueden ver el artículo y el resto de las fotos de Gustavo Padrón seleccionadas para su publicación en la edición 21 de la revista GP en
este link.

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