Bodegón de Halloween, cesta de auyamas

Cesta de Halloween (foto: Claudia Veitía)

Produce siempre un efecto mágico y fugaz la contemplación de estos arreglos de los frutos de la tierra, en este caso de una variedad de auyamas (o calabazas, cuyo nombre científico es Cucurbita maxima) cosechadas en Venezuela, que la tradición plástica ha clasificado como bodegones o naturalezas muertas. La cesta que se muestra en estas dos fotos fue preparada para los niños y adolescentes, como un guiño de los adultos a su entusiasmo por esta fiesta pagana. Sin embargo, al margen de cuál era el evento que motivó la preparación de esa cesta (autóctono o importado y producto de una quizá reprobable pero inevitable transculturación), es la madeja de reminiscencias y evocaciones que suscitan este tipo de imágenes lo que ha conservado a lo largo de los siglos en Occidente la tradición de este formato pictórico.

Cesta de Halloween 2 (foto: Claudia Veitía)

Parte de su poder evocador reside en que lo que vemos es también lo que comemos. Y en muchos casos, algo de aquello que hemos comido lo hemos hecho con hambre, que es una variedad del deseo. Lo que de algún modo nos lleva a pensar que cuando vemos lo que hemos deseado (en este caso para comer) nuestro simple goce estético por la composición de unas formas, sombras, luces y colores, se mezcla con otras cosas; quizás con recuerdos de momentos de hambre muy intensa que pasamos alguna vez, por ejemplo; y entonces la imagen nos obliga a una tarea de purificación para quitarle esas como impurezas que interfieren con nuestro goce estético. Pero también puede ocurrir que no hayamos pasado un hambre feroz nunca pero que esa imagen evoque para nosotros la relación del hombre con la tierra. Su esfuerzo para alimentarse y para alimentarnos. Es posible que mirar esta imagen suscite en nosotros la curiosidad por conocer quién o quiénes estuvieron implicados en esas faenas duras y de antigua data. O que mirar sus formas, nos distraiga de la especie humana y nos haga pensar en la Naturaleza, en la evolución, en la caprichosa diversidad de formas, colores, texturas (por lo que podemos de nuestra experiencia), sabores y olores de esos vegetales que jugando con el azar y la necesidad, y quizás también con la voluntad de Dios, puede producir. Idea que nos remite a la vez a la infinita creatividad de la Naturaleza y del hombre que es su engendro. Pero a mi hija, la foto le recuerda la crema de auyama que comía de niña. Ella no mira las formas en este caso, mira los conceptos que éstas le evocan una vez que ha desnudado las formas de todo accidente físico: textura, color, y recuerdos de sabores y olores. Piensa en la crema de auyama, y desde ella reconsttruye el plato, sus cubiertos de niña, la silla y la cocina en la que comía, y todo lo demás.

Pero regreso a la foto y pienso que todo esto y más está ahí en ese claroscuro de formas que, con hermoso y sereno equilibrio holandés, nos invitan a que permanezcamos un segundo más en el disfrute de su contemplación.

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