El baile de la Victoria (2009)

En el marco del Festival de Cine Español, pudimos asistir a la premiere en Caracas de la película El baile de la Victoria, del director Fernando Trueba, la cual estuvo patrocinada por Chivas Regal 18, el conocido whisky de la casa francesa Pernod Ricard.

Como para esa premier ehabía sido invitado Trueba, tuve en esa ocasión la oportunidad de intercambiar unas muy breves palabras. Se sentía agotadísimo Trueba porque desde muy temprano en la mañana, había estado atendiendo a la prensa.

En medio del tumulto y los destellos de flashes de las cámaras, me acerqué lo suficiente por unos segundos como para mencionarle que había leído que había dicho que, siendo ateo, sólo creía en Billy Wilder y que al día siguiente de que se publicara la entrevista con esa declaración lo había llamado por teléfono un bromista Billy Wilder diciéndole muy serio que él era Dios. “Qué va a hacer alguien como usted ahora que Wilder nos ha dejado”, le pregunté. A lo que él muy serio respondió: “ya no queda nadie tan grande como Wilder; no queda nadie en quien pueda creer”. Y nada, debo agregar.”¿ Y entonces?”, pregunté para no quedarme en ese limbo. “Sólo nos queda el ateísmo”, respondió. O quizás dijo: “Nada más que el ateismo”. O algo muy parecido.

En todo caso, esas últimas palabras, proferidas en voz alta, casi gritadas, cuando caminaba hacia la sala de cine del Trasnocho para entrar a ella antes que los demás, me dejaron un poco salpicado de escepticismo. “Un director que sólo cree en los hombres”, pensé, “tarea que no es poca cosa, como para dejar esa fe suya ahí realenga, como si por ser sólo humana la fe no tuviera que ser defendida y protegida de los que no creen en nada ni nadie solo en ellos. Ésos son los verdaderamente escepticos, los verdaderos ateos”. Y hasta ahí llegaron mis ideas, porque luego de otras breves palabras de presentación de su película, Fernando nos invitó a quienes estábamos reunidos en esa sala a mirarla sin más. Y eso hicimos.

La película narra la historia de dos presidiarios, el joven Ángel Santiago (Abel Ayala) y el maduro Nicolas Vergara Grey (Ricardo Darín), y de una mujer, Victoria (Miranda Bodenhöfer). Los presidiarios, más bien ex presidiarios, han sido liberados por una ley de amnistía otorgada en Chile a todos los presos que no hubieran cometido delitos de sangre. Ángel y Vergara (un legendario ladrón de cajas fuertes) a principio no se conocen y sus historias se desarrollan de manera independiente. Pero poco a poco, ambas historias se acercarán y fusionarán. En la cárcel, un preso apodado El Enano ha compartido con el inocente y entusiasta Ángel Santiago un plan cuyo éxito luce pan comido si logra reclutar a Vergara Grey para sumarse al equipo. Pero éste no quiere saber nada de atracos ni de repetir aquello que lo hizo famoso; tiene un drama propio que implica una esposa (la bella Ariadna Gil) que lo ha dejado por un millonario y un hijo adolescente a quien tiene que reconquistar porque ahora se avergüenza del padre que tiene.

Ángel, el núcleo energético de la película, es un ser inocente, de corazón puro, al que el mundo no ha tenido tiempo de enseñarle a distinguir el bien del mal. Solo piensa en su amor a los caballos y, luego de conocer en una calle de Santiago (la capital) a la Victoria, pordiosera debajo de cuyo mutismo (que luego resulta ser mudez) se revela de pronto un impresionante talento para el ballet clásico, Ángel Santiago se enamora de ella a primera vista. Y quiero detenerme en esta epifanía que es sin duda uno de los momentos de mayor intensidad dramática de la película y que me recuerda a esa otra película que vi hace menos de un año (también en una noche Chivas Regal), The Soloist (El Solista) donde con asombro, sorpresa, y maravillamiento, el periodista Steve López (Robert Downey Jr), de Los Angeles Times, tiene un día la oportunidad de escuchar cómo toca con improbable talento el violín un músico de la calle y homeless llamado Nathanael Anthony Ayers (Jamie Foxx).

En ambos casos hay una epifanía, un encuentro fortuito con la gracia. En el Solista, este momento de gracia pura atará al periodista López a la historia y vida de este hombre, a quien decide salvar a toda costa. En El baile de La Victoria, hay también una empresa de redención que uno diría se configura en un abrir y cerrar de ojos para Santiago, quien pondrá toda su energía para salvar a la Victoria. Sacarla de la calle o de su miseria y llevarla a ese escenario donde ella siempre ha deseado bailar.

Y aquí provoca el director una reflexión sobre la esencia del amor. Si todo amor está de algún modo preñado de un deseo de salvación del amado, el amor de Angel por Victoria lo está en mucha mayor proporción. La redención de Victoria se convierte en la idea que organiza la vida de Ángel desde el momento que la conoce y se enamora de ella. Sin embargo, hay otras historias que contaminan esta historia de salvación, y una multiplicidad de ideas que zumban en su cabeza de joven cándido y amoral que complican su camino de redención y, en ocasiones, convierten a éste en un camino de perdición; porque quizás la redención y la salvación no son sino dos caras de una misma moneda.

Fotografía, dirección de arte

Las vistas que muestra esta película de la ciudad de Santiago, y de las montañas nevadas que lo rodean, son particularmente mágicas. No se trata solo de que destacan la belleza de esta ciudad. Sino de que Trueba parece haber querido construir con estas imágenes de la ciudad un marco visual para su red de historias que a veces nos luce más que mágico, numinoso y surreal. Pienso por ejemplo en la escena nocturna cuando está nevando sobre Santiago. Los copos de nieve cayendo lentos, el resplandor casi mágico que éstos producen en el aire nocturno, el caballo, Ángel Santiago montado sobre él, cabalgando por las calles de Santiago; el brillo particular de las superficies mojadas por la nieve que se derrite o por el agua, cuando están en la fuente.

Pero además el director articula un contrapunteo de esas imágenes numinosas y surreales, hasta mágicas (que no se trata de un realismo mágico que nos recuerde al Gabo, a Carpentier, o a Allende) con los significados y connotaciones de nombres y palabras de la trama: Ángel como un ángel protector de La Victoria. Ángel Santiago, con sus dos nombres, como apóstol y caballero angelical que combate el mal con sus armas. La Victoria como una mujer con una capacidad sobresaliente para salir victoriosa de los desafíos que le plantea la vida. Ángel Santiago como encarnación del santo patrono de la ciudad. Una complicada e interminable red de relaciones que uno como espectador no sabe si el director quiere reforzar o descontruir. Porque no sabe el espectador si en el fondo, el director con su ateísmo a ultranza, se sabotea a sí mismo, pone a prueba sus creencias, y coloca dioses tutales y magia donde solo deberíamos encontrar hombres y mujeres con sus pasiones y sus intereses. Ignoro si Trueba quiere restar verosimilitud al enmarcar su historia con este aire surreal. Y sin embargo, lo que resulta curioso es que, incluso contra lo que pudiera concebirse como un propósito inconciente del director, hay momentos de esta película en que el espectador no puede sino mirar quieto y callado la belleza y fuerza dramática de una escena; y sentirse sobrecogido por esa especie de gracia que emerge de los ojos con que Santiago y los otros miran bailar a la Victoria. Una gracia que, aunque pudiera alegarse que es profundamente humana, es a la vez algo más que humana. Una gracia que, en tanto que nos trasciende, no es del todo consistente con esa postura de ateísmo a ultranza que declara el director. Es esta contradicción aparente, o las ventanas que abre a leer contradicciones, lo que hace interesante a esta película. Lo que matizaa la belleza de sus escenas y encuadres. Lo que le confiere un significado especial a los diálogos.

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