El arte de la resurrección, fe y santidad en la pampa

    “-¿Le duele la cabeza, Maestro?
    El Cristo de Elqui, con sus manos siempre aferradas a las sienes, sin dejar de mirar el firmamento, le reveló solemne:
    -Me duele el Universo.”

Hay paisajes de la Tierra que producen en sus visitantes o habitantes impresiones de lo sublime. Pienso en esas pinturas de Caspar David Friederich que representan, desde ángulos poco vistos, paisajes montañosos y escarpados de regiones alemanas. Otros paisajes inducen a la meditación, o a caer en un estado de contemplación que produce una sensación de fusión con la Naturaleza, como dicen que ocurre, por ejemplo, en algunas regiones de Islandia.

Pero hay también paisajes vastos, descampados, inhóspitos, en los que no importa a dónde gires la cabeza estando parado en el medio de ese desierto infinito, sólo puedes ver a lo lejos la delgada línea del horizonte que se te aparece como una interfase visual entre el cielo y la tierra que, en nuestros momentos más duros, queremos creer que es un ancho puente entre los hombres y los dioses, para que lo crucen y se acerquen sigilosos, sin perturbarnos, para cuidar nuestros sueños.

Cuando te encuentras con ese paisaje en las áridas tierras del Norte Grande (Arica, Tarapacá, Antofagasta y otras regiones), región de Chile en la que se encuentra el desierto de Atacama, la sensación que este paisaje regular, duro, reseco y árido produce en sus habitantes es la de una intensa sed de fe y de dioses tutelares y cósmicos.

Es fácil entender que el habitante de la pampa necesite con frecuencia de la ayuda de un ser superior para sobrevivir. Porque las vidas de muchos de estos hombre y mujeres que habitan la pampa están llenas de miseria, incertidumbre (como la que sufren en las oscuras galerías de las minas, donde puede haber derrumbes en cualquier momento que dejen tapiados a los mineros), adversidad y necesidad. Es por eso que cuando se lee esta novela de intensidad telúrica, uno no se sorprende del fervor que despierta en algunos el Cristo de Elqui, de quien tantos esperan una bendición, la sanación o un milagro.

Cuando murió su madre, Domingo Zárate Vega, oriundo del Valle de Elqui, hizo la promesa de peregrinar durante veinte años por los pobres y míseros caminos y pueblos mineros de la pampa. Ya desde niño, Zárate Vega experimentaba visiones y premoniciones sobre la inminencia del Apocalípsis. Con el tiempo, el comenzó a creer que era una reencarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Fue entonces que comenzaron a llamarlo el Cristo de Elqui.

Tenía ya varios años de peregrinaje cuando un día éste escuchó la historia de una mujer bíblica, una puta santa como dijeron algunos, llamada Magalena Mercado (así sin la “”g”). Esta mujer disciplinada, apasionada y poseída de una fe ferviente, viajaba por los caminos de Dios y del placer acompañada de una imagen tallada en madera, casi a tamaño natural, de la Virgen del Carmen (de quien era ferviente devota). Cuando el Cristo de Elqui escucha de ella, estaba viviendo en Providencia, campamento minero al que todos conocen como La Piojo. El Cristo de Elqui decidirá partir en su búsqueda. Piensa que su nombre es una señal que le envía su Padre de que debe encontrarla e invitarla a que sea su discípulo para recorrer en su compañía los caminos de la pampa.

El Cristo de Elqui producirá diferentes impresiones en las diversas personas con las que se topa en ese pueblo. Aunque muchos lo reverencian (principalment emujeres), la mayoría de los hombres lo mira con resentimiento cuando se enteran de que pretende llevarse a Magalena Mercado. Además que esta idea de invitarla a que recorra junto con él los caminos de la pampa hace que muchos hombres lo miren con desconfianza, como un impostor al que solo interesan los placeres de la carne.

De la amplia diversidad de impresiones que el Cristo de Elqui produce, me interesa comentar la que parece ser su propia opinión de sí mismo. Como lector, siento que a veces se siente un Cristo, y otras sólo quisiera sentirse aunque sepa que no lo es. Atentan contra él y le crean dudas sobre su naturaleza, su amor por la bebida y por las mujeres, ambos placeres materiales que lo alejan del espíritu, aun cuando haga lo posible por disculparlos. Y sin embargo, lo más robusto que tiene el Cristo de Elqui, aquello que lo hace diferente de los demás y parece constituir el corazón de su divinidad, de su anhelo de santidad, o al menos de su devoción al mundo del espíritu, es su fe. Una fe exacerbada que ayudó a que algún doctor lo diagnosticara como alguien que padecía de delirio místico (o algo semejante), pero que es solamente fe. Una fe que me recuerda a aquella que se empeña tercamente en defender el alcohólico sacerdote (sin nombre) que protagoniza la novela The Power and the Glory de Graham Greene. Es ésta fe exaltada, exacerbada, paroxística, y apasionada, la que invariablemente despierta en otros hombres recelo y desconfianza y, si es muy intensa, puede despertar ira e incluso odio. Y no importa si el hombre es percibido como puro y espiritual o como un impostor al que solo le interesan el sexo y los bienes materiales.

El recelo que despierta en algunos el Cristo de Elqui me recuerda a la ira que despierta el personaje de Jesucristo en ese texto admirable que es el Discurso del Gran Inquisidor, relato que puede leerse de modo autónomo, y que está contenido en Los Hermanos Karamazov, la célebre novela de Dostoievski. En este relato se anuncia que Jesucristo ha regresado al mundo. Este Cristo encarcelado que no profiere una sola palabra en todo el tiempo que dura el relato es inevitablemente nuestra referencia canónica a los encuentros de la humanidad con un Mesías que regresa. En ese relato se hace la reflexión, una vez más, sobre por qué no se le evita al hombre esa riesgosa apuesta por la fe cuando siempre, un dios omnipotente podría haber recurrido a lograr seguidores invitándolos a la verificación por medio de la razón; o al menos a la verificación a lo Santo Tomás, basada en los datos recibidos por los sentidos.

¿Por qué no darle un pan material al hombre? ¿Por qué no hacer con frecuencia un show deslumbrante que lo convenza de una vez al hombre de los poderes sin límite de aquel que le pide obediencia y seguimiento, tal como le dice el Gran Inquisidor a Jesus en su celda en el texto de Dostoievski?

Del contenido de esta novela (que es un relato más en el estilo de la picaresca, como dije antes, y no una novela de ideas como la de Dostoievski), quiero rescatar la idea de Rivera Letelier de que ni la fe ni la santidad, que es una de las consecuencias, son una prerrogativa de los puros de cuerpo, los que martirizan su cuerpro y su mente con cirios y férreas disciplinas para castigar sus sentidos e impedir que ellos los alejen de Dios y el mundo del espíritu. Es esta devolución de la fe a personajes como la puta Magalena Mercado, o al loquito que apodan el Cristo de Elqui, personajes que nos recuerdan a los más memorables protagonistas de la picaresca española, lo que impregna esta novela de un acto de justicia. Pues la novela concibe esta clase de fe como una herramienta para preservar la dignidad de quienes la detentan, como un medio para hacer al ser humano más independiente de la riqueza y lo que con ésta se puede comprar.

Se inviste de dignidad el Cristo de Elqui cuando, ante el atropello injusto e indignante que recibe del bárbaro Cheuto, quien vociferante rodeado de sus vigilantes quiere expulsarlo de La Piojo, o encerrarlo en un calabozo con falsas acusaciones, le dice sin inmutarse luego de que el Cheuto ha tironeado con fuerza de su túnica:

-ya que no puedo hablar de Dios contigo, hermano, le hablaré a Dios de ti (p. 146).

Sin embargo, el clímax de su dignidad de profeta la alcanza el Cristo de Elqui cuando, parado sobre la tarima de madera desde la que predicaba, “gritó que iba a volar” y (…) “entonces, acomodó su capa de tafetán morado, se ordenó el pelo que le caía en mechones a los ojos, y abrió sus brazos huesudos y, ante el grito de horror de las mujeres, se lanzo al vacío” (p. 147).

No nos importa que el Cristo de Elqui haya aterrizado dolorosamente sobre el suelo de tierra luego de esse salto. Todo salto al vacío realizado con la fe y convicción profunda con el que lo hace este personaje, que no tiene nada que envidiarle a ese otro salto al vacío que ejecuta con un estilo único el pintor Yves Klein en la realidad (más bien en una realidad trucada pero verosímil), es una demostración contundente de dignidad, además de una reivindicación de nuestra identidad original, aquella que nos emparentaba con los dioses, o al menos con una imaginación tan leve (por aquello de las alturas hasta las que se puede remontar) como su naturaleza.

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