Habana Eva, para contemplar la belleza de la Habana

Por: Lorenzo Dávalos

Si algo hace esta nueva película de Fina Torres, cineasta premiada en el Festival de Cannes 1985 por su opera prima Oriana, aparte de contarte bien una fresca y ligera historia de amor con humor, es reconfirmarte la belleza de la Habana, prácticamente única locación (con excepción de una breve escena en una oficina de Caracas) de la película. Luego de cinco décadas de penurias económicas que han dejado huellas profundas en los edificios de la ciudad (casi todos descascarados, desteñidos, manchados, pintarrajeados) aún la Habana nos revela y regala generosa una hermosura caribeña, colonial y fuertemente melancólica. Aún esta ciudad nos muestra con no poca nostalgia el esplendor que la hizo célebre. Como cuando en la película, la luz del sol de la tarde ilumina la ciudad; esa luz que estira las sombras y se refleja en la espuma de las olas que rompen con fuerza en el malecón.

Porque la Habana no pierde ese encanto que la hace parecerse a los lugares que recordamos de los sueños, cuando la vemos hacia lo lejos entre la bruma marina que arropa la ciudad cada día, al caer el Sol. Una Habana cuya belleza no podemos hoy en día seguir admirando de un modo inocente, y deleitarnos indiferentes en su contemplación, por culpa de la doble contradicción moral que impregna su belleza: la que nos recuerda la masiva injusticia social producida o reproducida por el regimen de Fulgencio Batista, que (hace más de medio siglo) produjo la Revolución y ayudó a que se quedara; y los feroces ataques a la libertad y a la disidencia que ésta misma revolución ha perpetrado desde sus inicios hasta la actualidad.

Fina Torres (foto: cortesía Xiomara Reyes)

En esa Habana hermosa y contradictoria que nos produce placer, melancolía y emociones ambivalentes (no sólo por sus edificios, sino también por todo lo demás: su música, su comida, su gente, etc.), reside Eva (la actriz venezolana Prakriti Maduro), una joven, bella y talentosa costurera que sueña con ser un día una exitosa diseñadora de modas. Eva está de novia con Ángel (el actor cubano Carlos Enrique Almirante), quien se toma la vida con lentitud y no termina de construir la habitación en la que van a vivir cuando se casen. Mientras esto ocurre, Eva trabaja en un taller cosiendo los modelos de vestidos de mal gusto que ha aprobado alguna institución de la revolución.

De repente hace su aparición Jorge (el actor venezolano Juan Carlos García), quien conoce casualmente a Eva en la calle y se presenta como un fotógrafo venezolano nacido en la Habana que reside en Venezuela. Jorge, quien maneja un Audi y usa camisas de lino de Giorgio Armani que impresionan a Eva por su corte y la calidad de la tela, le dice apenas la conoce que necesita una guía que lo ayude a encontrar los edificios que quiere fotografiar. Luego de pensarlo, al día siguiente Eva acepta la propuesta. Eva trabajará de guía al terminar su turno laboral. Y ocurre lo que se esperaba: Eva se enamora de Jorge, quien es un hombre bien parecido y muy solvente (que quien sabe si la podrá ayudar a salir un día de esa ciudad).

Prakriti Maduro, durante la rueda de prensa en Caracas

Antes de enamorarse, Eva se ha deslumbrado ante el savoir vivre que descubre en Jorge, un roce, una exposición a lo mejor que nos ofrece la vida que (le parece a Eva) Ángel no tiene. Este más bien parece condenado a vivir en una realidad muy limitada, la que pudiera explicar esa suerte de indolencia con la que asume su compromiso con Eva. Para comenzar, Jorge conoce de vinos que maridan con los sabrosos platos alumbrados por la cálida luz de las velas en un pintorescopaladar habanero donde los comensales parecen saber vivir la vida de un modo distinto a cómo la revolución les ha enseñado que ésta se vive. Será en ese paladar donde Eva le presentara a Jorge a su amiga Teresa (la cubana Yuliet Cruz), una abogado que uno presume redondea sus ingresos trabajando como jinetera.

De modo que los platos están servidos para configurar un conflicto amoroso para Eva en cuya resolución el libreto introduce elementos de realismo mágico típicos de la novela latinoamericana que nos recuerdan a la trama o personajes de Doña Flor y sus dos maridos del fallecido escritor brasileño Jorge Amado o Como agua para chocolate de la mexicana Laura Esquivel.

Por encima o debajo del discurso amoroso, un propósito reconciliatorio parece recorrer la película. Éste se ve reforzado por un amor inocente hacia el mundo y la gente que defiende Eva / Prakriti Maduro, quien contagia y convence al espectador y al resto de los personajes de la idea de que esta inocencia en el amor es necesaria para vivir y hacer realidad los sueños. De repente uno siente que su padre y su madre han sucumbido a ese chubasco de inocencia que arroja Eva sobre todos los que la rodean.

Uno de los elementos que conspira para comunicar este fondo de inocencia es la despolitización de la narración que logra la directora. Sin embargo, si la despolitización explícita se logra, uno aprecia un manejo sutil de algunos códigos y mensajes revolucionarios que pueden interpretarse como una complacencia o simpatía de la película con el espíritu de la revolución cubana.

Puesto a elegir, como espectador prefiero dejarme contagiar por la inocencia que la directora supo tan felizmente inspirar en Prakriti Maduro y diseminar desde ella hacia el resto del reparto. Con ese espíritu puedo afirmar que la película es un melancolico canto de amor hacia una ciudad hermosa que se derrumba, que contrapuntea con otro canto susurrado y alegre, también de amor, pero sobretodo de libertad. Esa libertad típica de la juventud que busca nuevos espacios y formas para amar, para trabajar, para vivir.

Tan escasas son en la actualidad las películas que te ofrecen un mensaje de amor inocente (Love actually quizás es un ejemplo de este tipo de películas), aquéllas que intentan rescatar el amor protegiéndolo de todo lo que lo amenaza en estos tiempos y mundo, que decido cerrar mis ojos a la mirada maliciosa, y dejarme seducir y contagiar, de un modo inocente, como el resto de los personajes y escenas de la película, por la belleza melancólica de la Habana y la leve y alegre belleza de Eva.

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