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Los Milagros de Pancho Massiani


Por: Daniella Mendoza y Lorenzo Dávalos

La casa, blanca, se esconde tras unos árboles en una calle pequeña de la Florida. Alta, con balcones y techo rojo, parece estar en pie desde hace cientos de años. La quinta Los Milagros es el hogar de Francisco Massiani, allí vive rodeado de libros amarillentos y dibujos que pinta por las mañanas, luego de desayunar, sentado en el piso y pensando en la playa.

Antes de que el aire se envicie con el humo de nuestros cigarros, un olor a viejo envuelve los sofás, las sillas, el piano y la cama en que Pancho, barbudo como cuando era joven, nos recibe. Apilados junto a la cama hay ediciones de sus novelas, varias hojas de papel con poemas escritos en tinta roja y, entre el montón, un álbum de viejas fotos en blanco y negro. Pancho nos relata las historias detrás de cada una de ellas. Su memoria es infalible, recuerda todos los nombres, fechas y, cómo no, los cuerpos y hábitos de quienes fueron sus novias.

Encuentro en este Pancho de pelo blanco, lentes y brazos delgados, al ansioso protagonista de Piedra de mar, escrita hace cuarenta años. Como Corcho, que tenía la extraña manía de llamar constantemente a sus amigos (aun cuando no tenía nada que decir), Pancho levanta el teléfono varias veces, conversa rápidamente, y cuelga. Habla mirando al suelo, no sonríe pero parece divertirse y, a veces, se pierde en cortos momentos de reflexión. Sus recuerdos le dan vida, relatarlos le inyecta energía y disfruta viendo cómo gozamos con sus picardías de adolescente. Porque Francisco Massiani vivió el mito del escritor bohemio que no consigue su lugar en la sociedad, a quien, como a Corcho y como a los protagonistas de dos de sus novelas (Renate o la vida siempre como en un comienzo y Fiesta de campo), no le gusta la Universidad y prefiere vagar por los bares de Sábana Grande, buscando qué y cuándo escribir.

Pero Francisco Massiani no está atascado en el pasado, está alerta a los giros que da el mundo a su alrededor. Escucha la radio, mira la televisión, conoce a los políticos del momento y a las actrices que están en vogue. Sigue viviendo cada nuevo día. A pesar de que muchas de las personas que han sido parte de su vida han muerto o se encuentran lejos, Pancho no piensa acompañarlos, todavía tiene las mañanas creativas, el vino y los nuevos amigos.

Estantería con un cuadro de Pancho en frente

Las paseos y el tiempo fuera de las aulas, cuando era “estudiante”, tuvieron su resultado: aunque Pancho solo ha publicado unos 10 libros (cuatro novelas, dos poemarios y cinco libros de cuentos) nos comenta, de la forma más natural, que hace unos años consiguió una caja llena de poemas, de cuentos y hasta de una novela de unas 800 páginas que, tiempo atrás, había escrito y almacenado, sin saber muy bien por qué. Y parece raro que este hombre tan entregado no haya querido compartir con sus lectores las mil historias que guarda la caja, pues parece querer entregar todo lo demás. En las tres horas que estuvimos conversando, nos ofreció la mitad de su biblioteca, sus dibujos y terminó por regalarnos (no pudimos detenerlo) una copia firmada de la edición aniversario de su novela Piedra de mar.

Su energía, sus historias —en las que siempre hay una mujer, un gran amor— y su conocimiento, envuelven completamente a quien se sienta frente a Massiani por unas horas. Es un hombre que da palabras, entrega gestos y arroja cultura. A pesar de sus hombros caídos y su cabeza baja, no da la sensación de estar cansado, ni viejo, más bien posee una extraña energía que envuelve a las personas en sus historias y hace que, al salir de Los Milagros, uno se sienta un poquito más completo y hasta cansado, de tanto recorrer las calles de Paris, de Chile o el antiguo boulevard de Sabana Grande.

¿Cuándo sentiste amor por primera vez hacia una mujer?
En Santiago de Chile. Cerca de donde yo vivía, en la esquina de Carlos Justiniano, vivía la Loreto Vargas. Yo tenía como 12 o 13 años y ella tenía como 10. Y sentí un profundo amor la primera vez que la vi.

¿Pero el amor erótico? Cerca de la casa de la Loreto Vargas vivían los Tapia. Y había una muchacha como de 14 años llamada Marta. Yo la vi desnuda una vez y me iba volviendo loco. Ella estaba bañándose y yo la caché. Pero no llegué a nada, lamentablemente, con ella. En cambio con la Loreto sí, que fue mi primera novia o, como dicen en Chile, mi primera polola. Con ella sí tuve, chico, grandes amores, hasta que me vine a Venezuela.

Pancho en París frente a la puerta de la librería Shakespare & Co. (circa 1965)

¿Cuántos años tenías cuando te viniste?
Catorce. Ella me despidió en Valparaíso, cuando yo me monté en el barco, llorando. Yo en cambio no lloré, yo estaba loco por montarme en el barco para ver cómo era esa vaina. Ella después me mandó una carta reclamándome eso.

¿Amar es igual que estar enamorado?
La pregunta es difícil. El enamoramiento es un entusiasmo muy grande, hay una iluminación, brilla todo, el mundo se pone maravilloso, te pones loco. Pero amar es otra vaina: amar es un proceso largo, difícil a veces. Largo y hermoso.
Yo te voy a decir una cosa, yo nunca he dejado de amar lo que yo he amado en la vida, por Dios santo. Todas las mujeres que he amado las he seguido amando.

¿Y la fidelidad?
Yo no creo en la fidelidad. Si tú amas a una persona, te entregas a esa criatura, pero puede ocurrir que, estando con ella, aparezca la otra. Puedes amar a dos mujeres al mismo tiempo, pero no con la misma intensidad.

¿Qué es la belleza?
La belleza es algo muy ajeno, muy misterioso, y lo más cercano a Dios, al espíritu y a la verdad. Y a la felicidad. Eso es la belleza. Una definición un poco necia, pero bueno.

¿Y has tenido algún encuentro con ella?
Claro. Esto que estoy viendo ahorita, el Ávila, el cielo azul, el día, la compañía, la amistad. Tú me hablas de amor, pero se te olvidó preguntar por la amistad.

¿Qué es, entonces, la amistad?
Es un golpe del corazón, donde adivinas un futuro maravilloso e inmediato. Ya está, perfecto. ¡Eso merece un trago!

Los libros han sido parte importante de tu vida, ¿cuál te inició en el mundo de la lectura?
Mi primer libro, que me fascinó, que no me dejó dormir. A los 10 años de edad. Un libro de Julio Verne: El legado del alquimista. Es una novela que transcurre en Viena, donde descubren una fórmula para que tú bebas una poción y te vuelvas invisible. Esa novela me volvió loco a mí. No dormí esa noche.

¿Querías ser invisible?
Coño, imagínate. Si yo era invisible, no me veía el profesor. En el liceo les tenía pánico a los profesores.

¿Sientes que siempre has sido, o eres ahora, un outsider?
De bolas, lo admito. No me gusta serlo, pero lo admito.

Tu top cinco de libros
El legado del alquimista, de Julio Verne; Misterio, de Knut Hamsun; Realidad y ensueño, de Jacobsen; Fiesta, de Hemingway; Hijos y amantes, de Lawrence y Horacio Quiroga, el de los cuentos.

¿Por qué el fútbol está tan presente en tus relatos y poemas?
Mi padre jugaba mucho fútbol. Cuando yo nací, a los tres años de edad, me compró un balón de fútbol. Y en Chile, a los 7 años, me enseñó a chutar. Mi vida está muy ligada al fútbol.

¿Por qué el vino es un elemento tan importante como los libros?
Importante no, fundamental.

¿Y es un refugio?
No, qué refugio, me gusta beber.

¿Es una inspiración?
Me hace mucho bien, chico. Más aún, me permite, después que bebo, escribir. Cuando pinto, si tengo vino, voy pintando con vino. Yo pinto en el suelo, eso que tú ves ahí, pegado de los libros, es mío, y lo he pintado en el suelo, tomando vino y oyendo música.

¿Qué es primero, la pintura o la escritura?
Es simultáneo. A mí me gusta mucho pintar, y escribir también. Yo a veces sufro escribiendo, me cuesta mucho trabajo, sobre todo cuando estoy escribiendo un relato. La palabra exacta, me cuesta encontrarla. Le mot juste, como decía Flaubert.

¿Le tienes miedo a la muerte?
Pánico.

¿Porque no te quieres ir del mundo?
Porque me encanta la vida. Yo no pienso en eso, yo pienso que voy a ser eterno, y que voy a vivir como 150 años. En serio, de verdad, verdad.

¿Y Dios?
Yo creo en Dios. ¡De bolas! Más aún, yo pasé como un año ateo, a los 18 años de edad. Y me iba volviendo loco. Y un día salí de mi casa, en la madrugada, a caminar por aquí por la Florida, y sentí a Dios muy cercano. Yo no creo que se puede creer en Dios, se puede sentir a Dios. Incluso digo, en un cuento mío, que el problema de Dios no está en creer en Dios o no, que se trata de sentirlo, como sentir el gusto de una pera al morderla o de un buen bistec. Una cosa un poco materialista, pero es verdad.

¿Hay destino?
Sí, pero el destino lo hace un poco uno, ¿verdad?